Un reloj susurra entre los suspiros del tiempo, no cuenta años, sino los suspirar que lo rozan. Cada tictac es un aliento que retiene aire, y el mundo escucha su soplo en silencio. Así el tiempo se mide en respiraciones que salen, no en números sobre las manecillas. Las pausas se vuelven música de vida, y el reloj decide dejar de contar.