En los pasillos subterráneos, la biblioteca respira en penumbra, las palabras se doblan para no nacer, como cáscaras de nuez cerradas, entre columnas de plomo se retuercen, buscando un aliento, y eleco las contiene hasta que llega un lector a llamarlas. Cuando abres una página, la luz rompe sus pliegues, una sílaba se alarga, la voz toma forma entre los caracteres, nace algo que no hizo ruido, mas camina por el borde de la hoja, y los pasillos subterráneos reconocen en ti a ese primer lector.