La bombilla apagada exhala un suspiro de cristal. Su aliento remienda sueños olvidados en el borde de la noche. Cada respiración es un hilo que vuelve a brillar con ausencias. La estancia retiene la sombra y dejan entrar luces pequeñas de memoria. Cuando el último soplo calla, los sueños encuentran un camino. No se encienden de inmediato, se cuelan entre grietas y suspiros. El margen es un puente, la negrura aprende a cantar nuevos amaneceres. Y la estancia queda lista, para seguir la luz que aún duerme.