El tiempo se inclina ante una casa sin puertas, la luz entra sin pedir permiso. Las horas se doblan sobre el suelo de silencio, y el aire custodia el aliento de ventanas ausentes. La memoria entra como niebla y se queda narrando recuerdos que resbalan entre grietas y ausencias, voces suspendidas entre muros inexistentes, la casa sin puertas las guarda todas, y el tiempo sigue escuchando.