El lento consumo del alba lejana
La luz, no nacida aquí,
sino impulsada por focos cósmicos,
parte como un grito de oro,
un eco encendido en el vientre ciego
de una génesis ignota.
No es solo viajar,
sino una cesión sutil,
una ofrenda gota a gota del ser.
Atraviesa vacíos de tiempo,
silencios oceánicos donde el eco muere.
Cada milenio un aliento contenido,
cada galaxia un velo arrancado
de su integridad primigenia.
No pierde la forma, no se dobla,
sino que aligera el peso del ser,
se vuelve sueño en el borde del recuerdo.
Cuando roza el párpado del mundo,
ya no es la llama arrogante,
sino un susurro de sombra,
una sabiduría cansada que se asienta.
Lleva el polen de estrellas extintas,
el polvo de universos apagados.
Es el último destello de una fe antigua,
que solo pide ser vista, no consumada.