El aliento de sombra sobre el granito
Sobre la frente áspera de milenios,
donde el granito vigila inmóvil lo eterno,
se extiende un temblor ligero,
un soplo oscuro sin cuerpo ni lastre.
Es el vellón mudo de una nube errante,
que tiende un velo, mapa sin tinta,
sobre la epidermis antigua de las alturas.
Disegna barrancos efímeros, y luego los borra,
acaricia arrugas grabadas por el hielo,
una sombra sin peso que se aferra y se desliza,
vistiendo cumbres nudes con un luto pasajero.
No es frío lo que muerde, ni calor lo que vence,
solo un pensamiento fugaz del cielo,
grabado un instante sobre roca indiferente.
Luego se desvanece, como idea nacida y muerta,
sin dejar huella alguna o recuerdo.
El sol reabraza la piedra absorta,
que no sabe de tramas dibujadas,
ni de pasajes de aire convertidos en sombra.
Solo el cielo, quizás, en su espejo mudo,
conserva el escalofrío de aquel encuentro.