El tiempo se inventa un lenguaje nuevo para describir las sombras de minutos perdidos, susurrantes como hojas en reloj apagado. Con sílabas de péndulo y sonidos cansados construye palabras que huelen a lluvia y mezcla tictac en un alfabeto de terciopelo. Cada vocal es una hoz que corta el silencio, consonantes con memoria de segundos perdidos, y la gramática se dobla al aliento del cuadrante. Así el tiempo habla a quien escucha, no a quien cuenta, y el eco del lenguaje nuevo queda en la palma de la noche, hasta que la luz recompone los minutos que vuelven.