En la fotografía de agua el silencio crece, lento como algas sobre los párpados. Cada reflejo retiene una respiración y la hace memoria líquida. Los recuerdos, pequeños nadadores, inventan ardor entre los cristales del tiempo. El mundo se reduce al borde encantado de un lago inmóvil. Sin embargo, los recuerdos aprenden a nadar contra la corriente. Cortan la página del fotograma con gestos discretos, sin estruendo. El agua se hace hogar, y la nostalgia halla aliento entre reflejos y velas. Y la foto permanece quieta, guardiana de ese mar que no conoce reposo.