La luz se desliza entre pliegues de un día nunca vivido, lava los recuerdos, los blanquea como tinta sobre la plata del alba, cada imagen se dobla, respira, se disuelve al contacto, solo queda un vacío luminoso que no conoce el tiempo. Los recuerdos se dibujan en grietas tenues del tiempo, como pan caliente que lleva aroma a silencio y a lo no dicho, la memoria permanece límpida, temblorosa, espejo de mundos no vividos, y la luz murmura un mañana que nunca ha llegado.