El Suspiro Nocturno del Parqué
Cuando el día se inclina y la frescura llega,
la madera antigua calla, luego suspira.
En el silencio que la casa guardaba,
cada fibra se estira y se retrae.
Es un gemido discreto, apenas oíble,
de resinas que el tiempo no adormecía.
No es el eco de paso, ni un susurro,
sino su acorde íntimo, sin engaño.
Un pequeño lamento, un hilo suave,
de fibras que la noche deshace ya
las formas del calor matutino,
en su camino lento y enigmático.
Y el alma que escucha, atenta y ligera,
en ese crujir aprende su propio eco.
Una presencia íntima que se alza,
en el alfabeto mudo que se aclara.
El corazón de madera late, antiguo y breve,
bajo la luna blanca, clara y rara.