En los raíles apagados late un aliento de acero, un corazón invisible palpita entre sombras frías; cada vagón recuerda nombres que no se dicen, y el eco extiende dedos sobre los rincones de la estación. Entre grietas y clavos, secretos laten al ritmo del metal. Una hora olvidada fluye en las venas de la estación. El eco custodia promesas no dichas, nombres perdidos entre los minutos. Y el latido persiste hasta que la estación sueña de nuevo.