La Catedral Breve del Bostezo
Nace de una sombra, un eco sin forma,
un temblor profundo en el silencio,
que estira el aire antes de despertar
y muta el tiempo en un minuto inmenso.
No es fatiga, ni exigencia aguda,
sino la lenta apertura de un antiguo misterio,
donde el instante se vuelve garganta muda.
Aquí, el oxígeno danza en espirales lentas,
geometrías de vacío y despertar,
y cada fibra tensa en un letargo,
canta una única y carmesí acorde.
Un arco antiguo, erigido sin piedra,
que alberga el nada y luego lo deja ir,
antes que el rostro sepa cómo volver a entrar.
Y cuando el borde cede, despacio, despacio,
y su cúpula se cierra y se desvanece,
queda un rastro sutil en la mano,
un soplo cálido que ya no es neblina.
Un templo efímero, sin altares,
que se esfuma en la oscuridad de un respiro,
dejando solo el recuerdo sobre las papilas.