El alba respira sin ruido, entre los dedos de estatuas rotas se desenrolla un hilo de luz. El hilo acaricia las grietas, dibuja líneas vivas y el mármol aprende a recordar. Cada susurro invisible se vuelve nota que rompe la quietud con una fría caricia. Así la ciudad despierta, lenta y suave, y el ruido invisible se vuelve tiempo que pasa.