El Aliento Silencioso de la Corteza
No piel tensa, ni óxido carmesí,
sino otra memoria, de fibras trenzadas.
La corteza no gime, no llora, no tose,
y sin embargo en la madera guarda vigilias.
Un temblor tácito, lento y profundo,
que desde las raíces le lleva el néctar.
Un rito invisible que transforma el mundo
en la sombra que crece, en el verde que acompaña.
Es el eco de un tiempo sin voz ya,
el antiguo escalofrío de viento pasado.
La quietud que envuelve cada hoja temprana,
el lento compás de un árbol nacido.
No sabe de horizonte, ni llanto de ensueño,
sino solo de su espacio, de su existir.
Un relato mudo, sin ningún empeño,
de días y noches, de siempre perdurar.
Bajo su vestido de trama rugosa,
se graban signos, estaciones, heridas.
Cada pliegue profundo, una llama tácita
que narra en silencio sus crecimientos escritos.
Ella no tiene palabras, ni miradas, ni gusto,
mas siente la savia, el calor del sol.
Y envuelve su corazón, guardián y robusto,
en el velo más antiguo que jamás se desmorona.