El aliento olvidado de la ciudad se calma en una niebla de luces apagadas. En los callejones, el aire retiene nombres de horas, voces suspendidas en el viento. Cuando una farola calla, la noche susurra latidos ocultos. Y la calle recompone lo que era invisible. Cada vez que una farola calla, el aire se vuelve página. El aliento de la ciudad se escribe en caligrafía invisible sobre muros húmedos. Las letras son respiraciones dejadas a fluir entre ladrillos y voces perdidas. Y con el nuevo amanecer, la poesía espera lista para resurgir.