Hay un temblor sutil, un murmullo constante, que teje el aire, las rocas, el tiempo que se va; una onda larga, sin cesar, casi un diamante sonoro que jamás, nunca se quebrará.
Mas en su centro, entre pico y profundo valle, reside un vacío de aire, un aliento oculto, un punto sin eco, un leve lamento de la pausa que el sonido ha integrado en sí.
No es ausencia de movimiento, ni falta de voz, sino el sacro intervalo donde vibrar se deleita en hallarse entero, de una muda fuente que acoge cada nota en paz primordial.