Al fondo del cajón, entre polvo y olvido, reposa un pasador, pequeño dios de metal curvo, sin razón alguna, esperando el regreso que no será.
Vio peinados, risas ligeras, secretos susurrados, ojos de quimera. Ahora está solo, un punto de tiempo detenido, en el silencio espeso de un mundo desvaído.
No llora su tiempo, ni busca una mano, sabe que su destino es el eco lejano de un gesto acabado, de una elegancia muda. Su curva es la historia, nunca más creída.