Entre los pliegues del silencio, un latido se abre camino, en el aliento sutil de las horas que escapan, las manos del tiempo bailan, ligeras y tan reales. Entre sueños de polvo y luces que lloviznan, el corazón del reloj oscila sin cesar, un niño que juega entre estrellas moribundas. Y en esta danza frágil, el tiempo se pierde, cayendo como luz entre los dedos de una mañana, suspendido, eterno, mientras todo se disuelve en una mirada.