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Versisognanti

Balanzas de hojalata

Bajo los toldos tensados para arrancar la lluvia
se intercambian raíces aún empapadas de lodo
yp el hierro de los ganchos sostiene cuartos de buey.
Una mujer frota un corazón amargo,
cuenta las monedas en el hueco de un paño.

Sobre las cajas de álamo el hinojo se rinde
al olor salobre que sube del puesto de pulpos,
donde la hoja divide lo blanco de lo visceral.
Un muchacho arrastra una cesta de barro
y llama a las naranjas con voz de cobre.

Las balanzas oscilan sin hallar reposo,
reúnen el peso de racimos y polvo
antes de que el plato regrese al aire suspendido.
Cae una hoja podrida sobre el borde del mármol,
el hielo se desmorona en canales sutiles.

Mediodía retira a la muchedumbre de los puestos mojados,
quedan cáscaras aplastadas sobre los cortes del empedrado
y el mozo que barre la escama residual del pescado.
Cada cosa ha pagado su precio a la luz
y la sombra se sienta sobre los vacíos de madera.

Explicación

El punto de partida de la composición surge de la observación cruda y material del mercado de barrio, entendido no como un pintoresco boceto folclórico, sino como un teatro primordial del intercambio y de la transformación biológica. El ambiente se revela a través de la concreción de sus elementos cotidianos, en los que el nutrimento convive constantemente con el desecho y la fatiga física. El inicio lírico rechaza la idealización para sumergirse en las tramas húmedas de la materia terrenal, explorando la fricción continua entre las presencias humanas y los residuos tangibles del comercio. La plaza se convierte así en un microcosmos palpitante y caótico, donde cada gesto responde a una necesidad arcaica, ligada al hambre, a la supervivencia y a la transitoriedad ineludible de todos los cuerpos expuestos al aire libre.

Las imágenes principales se concentran en emparejamientos visuales y táctiles de gran densidad sensorial, capaces de devolver el peso de las materias vegetales y animales. Encontramos las raíces empapadas de lodo que dialogan con la violencia anatómica de los cuartos de buey suspendidos, mientras el olor vegetal del hinojo es avasallado por la carnalidad del puesto de pescado. Destaca el emblema de las balanzas oscilantes, instrumento de medición que captura el instante efímero de la negociación antes de vaciarse. El hielo picado, que lentamente se deshace en hilos entre las cajas, introduce una sensación térmica de disolución continua. La muchedumbre humana, en fin, se contrapone a las cáscaras pisoteadas y a las escamas solitarias, delineando un paisaje en el que la vida bullente pronto cede el paso al abandono.

El desarrollo estrófico sigue el arco temporal de una mañana de compraventa, articulándose en cuatro cuadros sucesivos bien definidos. La primera estrofa abre el espacio visual bajo los resguardos improvisados, mostrando los primeros gestos elementales de la compra y el cómputo silencioso del dinero. En la segunda estrofa la escena se amplía a la mezcla caótica de los puestos, donde la hoja divide lo blanco de lo visceral y la voz juvenil busca compradores. La tercera estrofa frena el ritmo descriptivo, deteniéndose en la tensión mecánica de las balanzas y en el declive gradual de los desperdicios sobre el suelo mojado. La estrofa final registra el fluir de la multitud al llegar la hora meridiana, sellando el fin de la actividad mercantil con la acción solitaria de la limpieza del empedrado entre los puestos ya desiertos.

El léxico empleado prefiere vocablos precisos, concretos y exentos de ornamentos superfluos, elegidos cuidadosamente por su adherencia a la realidad física descrita. Términos como lodo, corazón, álamo, mármol y escama anclan el verso a una dimensión terrenal, huyendo de cualquier abstracción consoladora. Las elecciones lingüísticas privilegian verbos de fuerte tracción material como frota, arrastra, oscilan y barre, que imprimen una tangible fatiga muscular a toda la narración. La elisión natural, como se comprueba en la expresión se rinde, secundariza la espontaneidad del coloquio poético contemporáneo. No hay concesiones a lenguajes cultos o fórmulas estereotipadas: cada palabra es convocada por su rugosa exactitud, devolviendo al lector el sabor acre y veraz del trabajo manual consumido día tras día entre los puestos callejeros.

La estructura rítmica de la lírica se funda en versos libres de aliento amplio, predominantemente endecasílabos y versos largos, que secundan la pesadez de los movimientos descritos. La cesura interna de muchos versos reproduce el andamiento tropezado del mercado, jalonado por pausas, negociaciones y repentinos reinicios. Los sonidos duros, dominados por las consonantes dentales, líquidas y sibilantes, crean una textura acústica escabrosa, evidente en nexos como hierro de los ganchos o cáscaras aplastadas sobre los cortes del empedrado. Las rimas tradicionales son conscientemente evitadas en favor de asonancias y consonancias internas, que ligan las estrofas de manera subterránea y cohesiva. Tal arquitectura métrica garantiza un discurrir grave y constante, perfectamente acordado al desgaste del trabajo cotidiano y a la bajada implacable del mediodía.

El significado global de la obra sobrepasa la crónica menuda para transformar el mercado en el símbolo del ciclo vital de la materia, dominado por el consumo rápido y por el pago de la deuda de la existencia. La clausura de la lírica recoge esta reflexión existencial: la afirmación de que cada cosa ha pagado su precio a la luz evidencia cómo la visibilidad y el comercio conllevan un inevitable desgaste orgánico. El abandono final, personificado en la sombra que se sienta sobre los vacíos de madera, devuelve la plaza a una quietud espectral y desornada, casi un retorno a la nada tras el estruendo laborioso. Queda la huella indeleble de la experiencia humana, encerrada en la soledad de quien limpia los restos cuando la ilusión de la fiesta comercial ya se ha disuelto por completo en la canícula.

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