Costura de sal
La cal de los rompeolas retiene
el mordisco verde de los moluscos,
un hierro oxidado que divide
la espuma grasa de la grava parda.
Hay un pacto sordo entre el escollo y el borde,
donde la resaca mastica la arena.
No busca el infinito este golfo,
sino balsas diminutas de corteza,
que se deslizan cautas hacia el fondo
bajo el ojo opaco de las medusas.
Una rama arrancada hace de puente
entre dos remolinos que pierden la presa.
Quedan esqueletos de cangrejos claros,
fileres de hueso dispersos en el lodo,
y la quilla destrozada de una barca
que aprende la paciencia de las algas.
El agua no lava la materia rendida,
la lima con un cuidado milimétrico.
Sobre la orilla sube un humo frío,
olor a aceite usado y a alquitrán
que no borra el escalofrío del alga.
Aquí el invierno trabaja a boca cerrada,
tiende la piel áspera del fango
y vuelve a coser la tierra a su espuma.
Explicación
El punto de partida del poema asume la vasta extensión marina lejos de cualquier tentación retórica o contemplación sublime, arraigándose en cambio en la fricción física entre la costa y la materia acuática. El mar no es invocado como un fondo metafísico, sino interrogado en su papel de taller geológico y biológico, donde el encuentro con tierra firme produce residuos, fricciones y sedimentaciones concretas. La inspiración surge de la observación minuciosa de una orilla azotada por el frío, en la que el elemento líquido pierde su clásica transparencia decorativa para convertirse en una fuerza corrosiva, capaz de atacar las estructuras humanas y naturales. El poema aborda así la relación visceral entre lo sólido y lo fluido, explorando una frontera accidentada en donde cada límite se revela constantemente renegociado por la labor infatigable de las mareas.
El aparato figurativo se basa en objetos precisos, materiales y tangibles, lejos de abstracciones simbólicas. Destacan detalles industriales y orgánicos como el hierro oxidado, la cal blanqueada, la espuma grasa y los fragmentos de huesos marinos. Tales elementos construyen un bestiario y un inventario de mínimos pecios, entre los cuales aparecen las balsas diminutas de corteza y la quilla destrozada de una barca, que testimonian el naufragio cotidiano de las cosas ordinarias. La imagen de los esqueletos de cangrejos transformados en alfileres de hueso sintetiza el encuentro entre la descomposición natural y la forma geométrica, mientras que el olor pesado del alquitrán y del aceite usado ancla el texto a una realidad portuaria no idealizada. El agua no es un espejo inmaculado, sino una muela artesanal que consume y pule cada fibra superstite con exasperante lentitud.
El desarrollo estrófico prosigue con coherencia descriptiva desde el exterior mineral hacia el corazón de la sedimentación. La primera estrofa encuadra la barrera defensiva, donde la cal y el hierro hacen frente al impacto inicial y la resaca mastica la arena con obstinación voraz. En la segunda cuartilla la atención se desvía hacia el interior de la bahía, rechazando explícitamente la retórica del infinito para detenerse en pequeños tránsitos de ramas y miradas vítreas de medusas. La tercera estrofa acoge los residuos biológicos y mecánicos abandonados en el fondo bajo, mostrando cómo la barca aprende la paciencia mineral del mar. Finalmente, la cuarta estrofa recoge las exhalaciones de la orilla y concluye el ciclo constructivo: el frío de la estación invernal sella el vínculo entre el fango costero y la resaca, cosiectorizando las dos superficies en un único cuerpo denso.
El léxico adopta un registro medio-bajo pero estrictamente controlado, carente de afectaciones líricas y entretejido de términos con un fuerte sabor táctil y acústico. Elecciones léxicas como grava parda, lodo, alquitrán, remolinos y orilla confieren al discurso una dureza escabrosa, casi rupestre. Los verbos de acción indican procesos de desgaste, consumo o soldadura: retener, masticar, limar, arrancar, tender y coser. Esta precisión terminológica excluye adjetivos ornamentales, privilegiando determinaciones que describen el estado efectivo de la materia degradada por el salitre. La elisión sistemática y los encuentros consonánticos cerrados concurren a evitar toda cantabilidad melindrosa, devolviendo al lector un paisaje desprovisto de concesiones sentimentales, donde la palabra poética opera con la misma precisión de la erosión marina sobre una superficie rocosa o leñosa.
En el plano métrico y rítmico, el texto emplea versos libres con una predominante exploración endecasílaba y heptasílaba, regidos por una rigurosa modulación de los acentos internos que rompe el flujo cantable. El ritmo se encuentra marcado por frecuentes pausas sintácticas y enjambres medidos, como lo demuestran los pasos entre el tercer y cuarto verso o entre el quinto y sexto de la primera estancia. Las aliteraciones de las consonantes ásperas, en particular la vibrante y las sibilantes en palabras como rompeolas, oxidado, resaca y esqueletos, generan una textura fónica deliberadamente rugosa, apta para reproducir el ruido sordo de la resaca. La arquitectura en cuatro estrofas de seis versos cada una garantiza una sólida estabilidad visual, ofreciendo a la vista una escansión geométrica que equilibra la inestabilidad líquida descrita por el texto.
El significado global de la obra radica en la revalorización del abandono como proceso activo de transformación y custodia de la materia. El mar no destruye para borrar, sino que descompone para reintegrar: la quilla abandonada no es una derrota definitiva, sino un artefacto que aprende una nueva duración vegetal y salina. El invierno trabaja a boca cerrada, sin proclamaciones espectaculares, transformando el fin de las cosas en una paciente sutura entre el elemento terrestre y el acuático. El cierre confía a este gesto milimétrico de recoser el sentido último de la existencia costera, en la que cada herida infligida por el tiempo es remendada por el incansable depósito de la marea, entregando la realidad a un equilibrio silencioso, fecundo y desprovisto de ilusiones de rescate sobrenatural.