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Versisognanti

La Cuna Tibia de la Tarde

Cuando el sol declina, cansado y rojo,
y el aire danza un vals más fresco,
un calor distinto aún no ha reposo,
mas vela, secreto, sobre el pecho terrestre.
Es el vientre de los muros, de las piedras absortas,
que bebió el día, su rayo profundo,
y ahora esparce un suspiro tras las puertas,
una quieta promesa a quien se detiene en el mundo.

No es llama que quema, ni ardor de acero,
mas caricia de madre, un tierno don,
que viste la tarde con suave velo,
susurra silencios, ignora el estruendo.
Una onda invisible, lenta y discreta,
que envuelve la piel, deshace todo nudo,
un alivio para el alma, pacata y quieta,
un abrazo plácido que calma cualquier clavo.

Está allí, en la sombra que se extiende larga,
en el mudo confín entre luz y penumbra,
que la tierra, en su sueño, se entrega y se ampara
y acuna la espera sin más bruma.
Un latido lento, un recuerdo corpóreo
del fuego celeste que la ha bendecida,
la Cuna Tibia, eterno coreo
de vida que aguarda la próxima cumbre.

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