El Tejido Mojado del Asfalto
Cuando la lluvia acaricia el bitume cansado,
no es solo un velo que cambia de color,
ni un brillo que refleja el costado
desequilibrado de farolas sin calor.
Es el tejido que se revela, un alfabeto
de grano áspero, cicatrices antiguas,
donde el negro se vuelve profundo, más quieto,
y la planicie asciende a nuevas, silentes lógicas.
Un olor sube entonces, terroso y denso,
un aliento cálido de piedra porosa,
que no es barro ni humo, sino un consenso
secreto del suelo a cada gota que posa.
Es la memoria líquida de cada paso,
cada goma que ha resbalado, cada lamento
convertido en efluvio, que desde el fondo macizo
asciende para encontrar el aliento del viento.
En su manto oscurecido, cada sonido
encuentra un eco más sordo, un abrazo más quieto.
El murmullo de la ciudad, un recuerdo lejano,
en el tictac de las gotas, un secreto.
Y los faros, destellos deslumbrantes del mundo,
se vuelven astros reflejados, ya no ardientes,
sobre la epidermis oscura, desde lo profundo
emergen instantes lentos y pensativos.
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